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La verdadera historia del arca de Noé (II) julio 2, 2008

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EDITOR DE NOÉ

Trampas antidarwinistas julio 2, 2008

Posted by Manuel in biologia, ciencia, creacionismo, diseño inteligente, divulgación científica, escepticismo, evolucion, religión.
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Via el El PaleoFreak

Durante años de discusiones con antidarwinistas (personas no necesariamente creacionistas que niegan la capacidad explicativa de la actual teoría de la evolución), nunca me he encontrado con alguien que sepa discutir sin hacer trampas. He aquí un resumen de los trucos que con más frecuencia emplean.

1.-Apelar a la política

Se afirma que la teoría de la evolución surge como consecuencia de la ideología política de sus autores (generalmente, capitalismo. En ocasiones, se le echa la culpa al materialismo marxista). Se argumenta, falazmente, que eso las invalida. En realidad, la validez de las teorías científicas depende de su capacidad para dar cuenta de los fenómenos observados, y de la puesta a prueba experimental de sus hipótesis. Las supuestas ideologías que las inspiran son irrelevantes a la hora de hacer una crítica desde el punto de vista científico.

2.- Panorama apocalíptico

Se describe un fenómeno evolutivo (por ejemplo, la adaptación de una especie a su medio) de forma forzada, exagerada y extrema. Por ejemplo, afirmando que la combinación de ciertas mutaciones en el momento justo es absolutamente imprescindible para la vida de los organismos que, de no poseerlas, mueren irremisiblemente. Se argumenta falazmente que la evolución por los mecanismos propuestos en la teoría sintética depende de casualidades extremadamente improbables, y que, por tanto, debemos buscar otra explicación (generalmente, lamarckiana). No suele haber ninguna justificación para dar por hechas esas situaciones tan extremas, de modo que la crítica se desmorona en cuanto plantamos un panorama más sencillo y realista.

3.- Incredulidad personal

Con mucho, el truco más utilizado. El antidarwinista manifiesta su incredulidad ante una explicación evolutiva convencional, y pretende que esa mera sensación personal puede esgrimirse como un argumento válido contra una teoría científica. Hay varios subtipos:

3.1- Sobre la velocidad de la evolución.

Por ejemplo: «no puedo creer que la diversidad producida en la explosion del Cámbrico pueda haber ocurrido por mutación y selección; fue demasiado rápida». Si se le pide que especifique cual sería una velocidad asumible, y que justifique su respuesta, el antidarwinista siempre se calla.

3.2- Sobre alguna novedad o transformación evolutiva importante.

Esta crítica es divertida por su arbitrariedad. Algunos consideran que el paso de «reptil» a mamífero fue demasiado impresionante como para que los mecanismos darwinianos puedan haberla producido, mientras que la evolución del hombre a partir de simios les parece asumible. A otros, les ocurre justamente lo contrario: el surgimiento de los mamíferos a través de mecanismos convencionales les parece asumible, pero el origen del hombre es ya «demasiado» y hay que acudir a otros fenómenos desconocidos.

3.3- Sobre las etapas intermedias.

La incapacidad del antidarwinista para imaginar estadios evolutivos intermedios (por ejemplo, entre un animal no volador y otro volador, o entre una mancha fotosensible y el ojo de un águila) es tomada por una supuesta carencia de la teoría de la evolución. Si yo no puedo imaginarlo, entonces la teoría falla. Cuando le muestras esos estadios intermedios (que muchas veces existen en fósiles o incluso en especies actuales), callan.

4.-Redefinición de términos.

Es muy común que el antidarwinista emplee términos dándoles un significado distinto al utilizado comúnmente en Biología. Por ejemplo, emplear “selección natural” como sinónimo de “competencia a muerte por los recursos alimenticios”, cuando, en realidad, el concepto se define como “reproducción diferencial de los genotipos en una población” y es, por tanto, mucho más amplio. Las redefiniciones del antidarwinista le llevan a manejar una “versión de paja” simplista o falsa de los conceptos, que pretenderá hacer pasar por un simplismo y falsedad inherentes a la propia teoría de la evolución.

5.- Confusión de niveles.

Consiste en afirmar que la teoría de la evolución es inútil porque no explica el modo en el que funcionan los genes reguladores, o no tiene en cuenta cómo se desarrollan los tejidos y órganos, ni la flexibilidad del comportamiento animal, ni las extinciones masivas, ni la ecología global, etc. En ciencia, las explicaciones son jerárquicas, y la teoría de la evolución cumple su cometido sin que para ello sea necesario englobar a todas las ramas de la biología y de la paleontología. La evolución de un ala a partir de un brazo, por ejemplo, puede describirse en el nivel de la regulación génica y también en el nivel de las transformaciones embriológicas. La existencia de esos niveles de explicación, interesantísimos, no colisiona con una explicación darwiniana de la secuencia evolutiva brazo-ala en la que intervenga la selección natural y otros mecanismos de la Síntesis, situada en un nivel más abstracto y general. Los niveles de explicación tienen conexiones entre sí, pero también independencia. Es frecuente que el antidarwinista sea genuinamente incapaz de comprender esa jerarquía e independencia de los niveles de explicación. De nuevo, esa dificultad, que es suya, pretenderá achacársela a la teoría de la evolución.

6.- Retórica religiosa e indignación galileica

El antidarwinista suele aliñar sus argumentaciones con expresiones de desprecio a la “ortodoxia”, el “Establishment” y “el dogma” que supuestamente imperan en la biología evolutiva actual y que impiden el advenimiento de un “nuevo paradigma”. Hay, según afirman desde hace decenios, una nueva teoría de la evolución que “se está gestando” y que sustituirá a la que hoy domina, muy pronto. Los actuales promotores de esa revolución son los buenos. Héroes o mártires, a veces. Los darwinistas somos fósiles anclados en viejas ideas que intentamos impedir los saludables cambios científicos. Nuestra mentalidad es “dogmática” y “anticientífica”. Nuestra mente es “cerrada”. Somos como los religiosos que condenaron a Galileo. Etcétera.
Cuando se ponen así de tontos, olvidan que son ellos quienes están negando hipótesis científicas muy bien comprobadas, quienes rechazan sin motivos racionales explicaciones científicamente satisfactorias. A veces, niegan porque sí la validez de estudios experimentales, o directamente hechos, como la existencia de un fósil transicional revelador. Son ellos quienes están exhibiendo constantemente su cerrazón mental, son ellos quienes no quieren mirar por el telescopio de Galileo (tapándose los ojos con las manos si es necesario) y quienes constantemente acusan de forma injusta y estúpida a quienes no piensan como ellos.

Oda a Darwin julio 2, 2008

Posted by Manuel in ciencia, divulgación científica, educación, evolucion, historia de la ciencia, sociedad.
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Estos poemas escritos por Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) en 1872 muestran el calado que la teoría de Darwin tuvi en la sociedad ilustrada española. Para entender mejor esta pieza os dejo la biografía de este escritor (extraída de la wikipedia): Hijo de un modesto empleado de correos, fue destinado a la carrera eclesiástica, que rechazaba profundamente. Entró en el mundo de las letras al estrenar la pieza teatral Amor y orgullo en Toledo en 1849; a despecho de su padre, se opuso a ingresar en el seminario diocesano y se fugó a Madrid. Allí entró en la redacción de El Observador, un periódico liberal, e inició algunos estudios. Después fundó el periódico El Bachiller Honduras, que toma nombre del seudónimo que adoptó para firmar sus artículos, y donde abogó por una política que unificase las distintas ramificaciones del liberalismo.
Estuvo como cronista en la Campaña de África (1859–1860) y se fue implicando en la vida política; fue puesto en prisión en Cáceres a causa de sus violentos ataques contra la política conservadora del general Narváez. Cuando cayó Isabel II, fue elegido secretario de la Junta Revolucionaria de Cataluña y redactó el Manifiesto a la Nación publicado por el gobierno provisional el 26 de octubre de 1868. Fue también gobernador civil de Barcelona, diputado por Valladolid en 1865 y ministro de Ultramar, Interior y educación en el partido progresista de Sagasta; fue nombrado senador vitalicio en 1886; su salud le impelió a dejar la actividad política en 1890. Entró en la Real Academia de la Lengua el 8 de enero de 1874.
Empezó a escribir teatro en colaboración con Antonio Hurtado, después empezó a escribirlo sólo; destaca especialmente el drama histórico, El haz de leña (1872), sobre Felipe II y el príncipe don Carlos, donde no sigue la leyenda negra y procura mantenerse fiel a la realidad histórica; en esta obra, sin embargo, domina el valor poético sobre el teatral. Escribió además Deudas de la honra (1863), Quien debe paga (1867), Justicia providencial (1872) y otras obras.
En su producción poética, sin embargo, consolidó una obra mucho más importante y que alcanzó gran repercusión: Gritos del combate y Raimundo Lulio, este último en tercetos, fueron publicados en 1875; en el primero, tal vez su libro poético más famoso, figuran las piezas «A Darwin», «A Voltaire», «La duda», «Tristeza» y «El miserere», de las más famosas del autor. La última lamentación de Lord Byron, en octava real, La selva oscura, inspirada en Dante Alighieri, y El vértigo, en décimas, son de 1879. La visión de fray Martín (1880), La pesca (1884), donde se declara un gran amante y observador de la naturaleza, Maruja (1886), de inspiración sentimental, etc. son otros importantes libros poéticos. Dejó inacabados Luzbel y Hernán el lobo (1881). Sus poemas históricos se diferencian de los románticos en que no tratan de describir ambientes, quizá por influjo del monólogo dramático de Robert Browning.
Sus escritos teóricos, principalmente su Discurso sobre la poesía, leído el 3 de diciembre de 1887 en el Ateneo científico y literario de Madrid, y reproducido más tarde al frente de la segunda edición de Gritos del combate (primera ed. en 1875) con ampliaciones, lo muestran como un poeta muy consciente de la misión del escritor en la sociedad como poeta cívico, y de amplia instrucción tanto en poesía clásica española como extranjera, en especial anglosajona. Define la poesía como «Arte maestra por excelencia, puesto que contiene en sí misma todas las demás, cuenta para lograr sus fines con medios excepcionales: esculpe con la palabra como la escultura en la piedra; anima sus concepciones con el color, como la pintura, y se sirve del ritmo, como la música». Su obra es muy amplia y diversa, e incluye desde los epigramas de Humoradas a poemas valientemente pacifistas y otros en donde expresa la crisis de su fe religiosa. Su poesía recuerda en ciertos momentos la de García Tassara; con dolor y pesimismo ve la marcha del mundo hacia la destrucción y el caos y fustiga los males de la época. Fue un gran artífice del verso, cuya forma le obsesionaba verdaderamente, negándose a la inspiración apresurada.
Su estilo busca conscientemente la sencillez expresiva y rehuye conscientemente la retórica tanto como Campoamor, pese a lo cual no incurre en el prosaísmo de este autor: «¿Hay acaso nada tan ridículo como la prosa complicada, recargada de adornos, disuelta en tropos…? (…) Lo declaro con franqueza: nada tan insoportable para mí como la prosa poética, no expresiva, sino chillona…». Sostuvo, sin embargo, como éste, que el ritmo lo era todo en el verso, ya que «suprimir el ritmo, el metro y la rima, sería tanto como matar a traición a la poesía». Esta tendencia a usar lo cotidiano del lenguaje será su principal aportación, como la de Ramón de Campoamor, a la poesía posterior, y a través de Miguel de Unamuno hará posible la existencia de Antonio Machado. Al hablar de Robert Browning, dice: «los poetas… no deben escribir para ser explicados, sino para ser sentidos», y aquí tenemos otra de las características de su poesía: el predominio de lo sentimental sobre lo racional, de las sensaciones sobre los conceptos.

A Darwin

I

¡Gloria al genio inmortal! Gloria
al profundo
Darwin, que de este mundo
penetra el hondo y pavoroso arcano!
¡Que, removiendo lo pasado incierto,
sagaz ha descubierto
el abolengo del linaje humano.

II

Puede el necio exclamar en su locura:
«¡Yo soy de Dios hechura!»
y con tan alto origen darse tono.
¿Quién, que estime su crédito y su nombre,
no sabe que es el hombre
la natural transformación del mono?

III

Con meditada calma y paso a paso,
cual reclamaba el caso,
llegó a tal perfección un mono viejo;
y la vivaz materia por sí sola
le suprimió la cola,
le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.

IV

Esa invisible fuerza creadora,
siempre viva y sonora,
música, verbo, pensamiento alado;
ese trémulo acento en que la idea
palpita y centellea
como el soplo de Dios en lo creado;

V

hablo de Dios, porque lo exige el metro,
mas tu perdón impetro
(¡oh formidable secta darviniana!)
Ese sonido como el sol fecundo,
que vibra en todo el mundo
y resplandece en la palabra humana;

VI

esa voz, llena de poder y encanto,
ese misterio santo,
lazo de amor, espíritu de vida,
ha sido el grito de la bestia hirsuta,
en la cóncava gruta
de los ásperos bosques escondida.

VII

¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,
¿por qué se agita y sueña
el hombre, de su paz fiero enemigo?
¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,
el genio que le abruma?
¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?

VIII

Honor, virtud, ardientes devaneos,
imposibles deseos,
loca ambición, estéril esperanza;
horrible tempestad que eternamente
perturbas nuestra mente,
con acentos de amor o de venganza;

IX

conciencia del deber que nos oprimes,
ilusiones sublimes
que a más alta región tendéis el vuelo:
¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?
¿Por qué crimen perdimos
la inocencia brutal de nuestro abuelo?

X

Ajeno a todo inescrutable arcano,
nuestro Adán cuadrumano
en las selvas perdido y en los montes,
de fijo no estudiaba ni entendía
esta filosofía
que abre al dolor tan vastos horizontes.

XI

Independiente y libre en la espesura,
no sufrió la amargura
que nos quema y devora las entrañas.
Dábanle el bosque entretejidas frondas,
el río claras ondas,
aire sutil y puro las montañas;

XII

la tierra, a su elección, como en tributo
dulce y sabroso fruto,
música el viento susurrante y vago;
su luz fecunda el sol esplendoroso,
la noche su reposo
y limpio espejo el cristalino lago.

XIII

En su pelliza natural envuelto,
gozaba alegre y suelto
de su querida libertad salvaje.
Aún no grababa figurines Francia,
y en su rústica estancia
lo que la vida le duraba el traje.

XIV

Desconoció la púrpura y la seda
no inventó la moneda
para adorarla envilecido y ciego,
ni se dejó coger, como un idiota,
por una infame sota
en la red del amor o en la del juego.

XV

No turbaron su paz ni su apetito
este anhelo infinito,
esta pena tan honda como aguda.
¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma
su candorosa calma,
el demonio implacable de la duda.

XVI

Y en esas lentas y nocturnas horas
negras, abrumadoras,
en que la angustia nos desgarra el pecho,
con tu mirada impenetrable y triste
nunca te apareciste
¡oh desesperación! junto a su lecho.

XVII

No buscó los laureles del poeta,
ni en su ambición inquieta
alzó sobre cadáveres un trono.
No le acosó remordimiento alguno.
No fue rey, ni tribuno,
¡ni siquiera elector!… ¡Dichoso mono!

XVIII

En la copa de un árbol suspendido
y con la cola asido,
extraño a los halagos de la fama,
sin pensar en la tierra ni en el cielo,
nuestro inocente abuelo
la vida se pasó de rama en rama.

XIX

Tal vez enardecida y juguetona,
alguna virgen mona
prendiole astuta en sus amantes lazos,
y más fiel que su nieta pervertida,
ni le amargó la vida,
ni le hirió el corazón con sus abrazos.

XX

Y allí, bajo la bóveda azulada,
en la verde enramada,
a la sonora margen de los ríos,
adormecidos con los trinos suaves
de las canoras aves,
ocultas en los árboles sombríos;

XXI

allí donde la gran Naturaleza
descubre la belleza
de su seno inmortal, siempre fecundo,
en deliquios ardientes y amorosos,
los dos tiernos esposos
engendraron al árbitro del mundo.

XXII

¡Al árbitro del mundo!… ¡Qué sarcasmo!
Perdido el entusiasmo,
sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,
cuando le borre su divino emblema,
esa ciencia blasfema,
como la piedra rodará al abismo.

XXIII

Caerá de sus altares el Derecho
por el turbión deshecho;
la Libertad sucumbirá arrollada.
Que cuando el alma humana se obscurece,
sólo prospera y crece
la fuerza audaz, de crímenes cargada.

XXIV

¡Ay, si al romper su religioso yugo,
gusta el pueblo del jugo
que en esa ciencia pérfida se esconde!
¡Ay, si olvidando la celeste esfera,
el hijo de la fiera
sólo a su instinto natural responde!

XXV

¡Ay, si recuerda que en la selva umbría
la bestia no tenía
ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!
Entonces la revuelta muchedumbre
quizás, Europa, alumbre
con el voraz incendio tus ciudades.

XXVI

¡Batid gozosos las sangrientas manos
déspotas y tiranos!
Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.
Que el hombre a la razón dobla su frente;
mas sólo el hierro ardiente
la hambrienta rabia de las fieras doma.

24 de diciembre de 1872