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Las misteriosas esferas de piedra de Costa Rica marzo 23, 2010

Posted by Manuel in ciencia, divulgación científica, escepticismo, paleontología.
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John Hoopes, con una de las esferas / J. Hoopes

ABC
Las misteriosas esferas de piedra de Costa Rica se hicieron mundialmente famosas por aparecer en la secuencia de inicio de la película «En busca del arca perdida», en la que una de estas reliquias misteriosas, obviamente una maqueta, rodaba a gran velocidad a punto de aplastar al mismo Indiana Jones. Actualmente, se conoce la existencia de 300 de estas bolas de distinto tamaño -la más grande pesa unas 16 toneladas y mide dos metros de diámetro-, la mayoría concentradas en la región del Delta de Diquís. Los científicos no saben para qué se hicieron ni qué sentido les daba la gente que las construyó. Creen que las rocas más antiguas fueron elaboradas el año 600 después de Cristo, aunque casi todas aparecieron alrededor del año 1.000, antes de la conquista española. La incógnita de su origen ha fomentado las más disparatadas teorías, desde que están asociadas con la pérdida del continente de la Atlántida, hasta que están relacionadas con Stonehenge o con las estatuas de la isla de Pascua.
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Los minerales evolucionan a la vez que lo hacen las especies biológicas noviembre 27, 2008

Posted by Manuel in biologia, ciencia, divulgación científica, evolucion, geología.
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La evolución biológica y mineral han sido inseparables desde que apareció la vida en la Tierra. La inmensa mayoría de los minerales terrestres deberían su existencia a la existencia de vida sobre el planeta.
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¿Animal, vegetal o mineral?, se preguntaba en aquel juego infantil. En un principio podemos creer que los minerales están muy separados de la evolución biológica, pero nada más lejos de la realidad. Desde las rocas manchadas de cobre del Gran Cañón a los cristales de sulfato de calcio recientemente descubiertos de 10 metros de longitud en las montañas Naica en México, pasando por la roca caliza que adorna su cuarto de baño, la inmensa mayoría de los minerales terrestres deben su existencia a la vida. Al menos esto es lo que afirman unos investigadores que han realizado la primera cronología amplia de lo que llaman evolución mineral.

La evolución mineral ha sido inseparable de la biológica desde que apareció la primera célula sobre la Tierra. Además entender esta conexión proporcionará una mejor comprensión en ambos campos y pistas críticas en la búsqueda de vida en otros planetas. La evolución mineral es obviamente diferente de una evolución darwiniana ya que los minerales no mutan ni se reproducen, pero la presencia de los minerales sobre la corteza terrestre ha cambiado en el transcurso de la evolución biológica.

Cuando el Sistema Solar se estaba formando contenía los 94 elementos de la tabla periódica procedentes de la nebulosa primordial, pero muy pocos minerales. Según las fuerzas gravitatorias formaban cuerpos diferenciados y éstos se enfriaban, los minerales empezaron a formarse. En esta fase se formaron unos 60 minerales distintos. Después la actividad volcánica y el agua dieron cuenta de la creación de nuevas especies minerales. Calculan que en Marte o Venus debe de haber como mínimo unos 500 minerales diferentes, habiéndose alcanzado en esos lugares la máxima diversificación mineral por métodos inorgánicos. Hace miles de millones de años la Tierra debía de contener una composición mineralógica similar a la de estos planetas vecinos. Sin embargo, ahora contiene miles de minerales distintos, desde ágatas a circonitas, ¿qué pasó entre medias?

Algunos de estos minerales fueron creados por las fuerzas tectónicas y volcánicas terrestres durante los 4500 millones de años de este planeta, pero otros como el apatito de nuestros dientes y otros minerales son el resultado de la acción de los organismos vivos. Hasta ahora nadie se había molestado en establecer la escala de la influencia biológica en la evolución mineral.

Robert Hazen de la Carnegie Institution de Washington y sus colaboradores han trazado el origen de más de 4000 minerales terrestres comunes (como la turquesa, azurita o malaquita) comprobando que dos tercios de ellos se crearon gracias a procesos biológicos a partir de unas docenas de minerales primordiales.

Todos los precursores de estos minerales fueron usados directa o indirectamente por los organismos vivos para producir otros, sobre todo a partir de la aparición de la fotosíntesis hace unos 2500 milllones de años. Hazen mantiene que hay miles de minerales distintos entre otras cosas porque la vida produjo suficiente oxígeno gracias a la fotosíntesis. Son particularmente importantes los óxidos de hierro, cobre y de otros metales. Los depósitos de óxido de hierro que explotamos hoy en día para obtener el acero de nuestros automóviles o las vigas de nuestras casas se formó gracias a este proceso biológico.

Pero hay más que oxígeno en esta historia. La vida explora todo camino químico interesante y lo explota para obtener energía y sintetizar moléculas orgánicas. Un ejemplo recientemente descubierto es la hazenita (nombrado en honor de este investigador) que se forma sólo cuando hay fosfato producido por un microorganismo que vive en las aguas alcalinas del lago Mono en California.

Los microorganismos aceleran la producción de diversas clases de arcillas y en los océanos muchos seres generan conchas o esqueletos de calcita, mineral que sería un muy raro en un planeta sin vida. Arcilla con la que cocemos ladrillos y calcita que finalmente termina siendo el cemento con los que pegamos esos ladrillos para hacer las paredes de nuestras viviendas. También el carbonato cálcico y otros minerales absorbieron la acidez de los océanos primitivos ayudando a que éstos fueran habitables.

Según calcula Hazen, dos tercios de los 4300 minerales conocidos de la Tierra tienen una formación probablemente mediada por la vida. Durante cerca de 2500 millones desde que la vida se hizo importante en este planeta la evolución biológica y mineralógica han ido de la mano.

Este resultado podría ayudar en la búsqueda de vida en otros planetas, porque es posible que las huellas minerales dejadas por la vida en otros planetas sean detectables por medios espectroscópicos. Según otros especialistas, en lugar de memorizar minerales, podríamos usar el esquema creado por Hazen para poner en contexto los minerales y ver así que son parte de la historia biológica del planeta, historia que nos incluye.

Fuentes y referencias:
Robert M. Hazen, Dominic Papineau, Wouter Bleeker, Robert T. Downs, John M. Ferry, Timothy J. McCoy, Dimitri Sverjensky and Hexiong Yang (2008) Mineral evolution. American Mineralogist.

Tectónica de placas: ¿por qué se mueven las placas? junio 28, 2008

Posted by Manuel in biologia, ciencia, divulgación científica, evolucion, geología, paleontología.
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El creacionista que enloqueció junio 1, 2008

Posted by Gonn in ciencia, creacionismo, evolucion.
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El siglo XIX fue una época en la que prosperó de una manera espectacular el estudio de la historia natural. Pero de todos los campos de estudio había uno que se empezó a considerar demasiado peligroso: la geología. Los fósiles de reptiles gigantes, la sucesión de estratos geológicos y todos los datos que se iban recopilando hablaban de otro mundo, de otra Tierra mucho más antigua de la cual no se hablaba en las Escrituras. Los geólogos no paraban de asegurar, en general, que el registro geológico y la Biblia no se contradecían. A pesar de ello, la gente se sentía cada vez más desconcertada, surgían cada vez más preguntas, en lugar de más respuestas, y la Iglesia, ante semejante situación, aconsejaba evitar estos temas.

Pero el ser humano es curioso por naturaleza, y lejos de seguir los consejos eclesiásticos, los descubrimientos y descubridores se multiplicaron sin cesar. Y entre ellos, vamos a rescatar la historia de un cortador de piedra, escritor y geólogo escocés que vivió en esta época: Hugh Miller.

Hugh Miller nació en Escocia en el año 1802. Ya desde joven soñaba con ser escritor, pero como hijo de herreros debía aprender algún oficio, en su caso, y debido a su robustez, cortador de piedra en una cantera. Desde el principio fue capaz de compaginar esta actividad con la escritura, la cual, debido a su trabajo, se fue centrando en la geología. Miller sintió verdadera pasión por las rocas y a base de estudio logró convertirse en un admirado experto en el tema por sus múltiples descubrimientos y sus meticulosas descripciones, como así lo atestiguan sus obras literarias: The Old Red Sandstone (1841), Footprints of the Creator (1849), Testimony of the Rocks (1868). Logró conquistar a los lectores con su forma de escribir llana y sin pretensiones, aunando en una sola persona al científico, al filósofo y al trabajador, lo que le permitió llegar a todos los públicos.

Además, Miller era profundamente creyente y se encontraba entre aquellos que aseguraban que no había discordancias entre las Sagradas Escrituras y los descubrimientos geológicos. La geología era una de las ramas de la ciencia que permitía contemplar la maravillosa obra de Dios, como cualquier otra, y respaldaba sin problemas los escritos bíblicos. Esta firme convicción era la que transmitía a través de sus libros, para tranquilidad de sus lectores.

Por otro lado, como bien sabemos, en esta época también se produjo otra revolución, que ya se venía gestando hacía tiempo, y es la que produjo la teoría de la evolución, cuyo punto álgido se alcanzó en el año 1859 con la publicación de la obra de Charles Darwin: On the Origin of Species by Means of Natural Selection.

Miller fue un acérrimo enemigo de la teoría de la evolución ya que, según él, estas ideas llevaban al ateismo y a la inmoralidad. Atacó con dureza los escritos de multitud de evolucionistas tales como Benoît de Maillet, Jean-Baptiste Lamarck o Robert Chambers, a los que tildaba de pseudocientíficos.

Sin embargo, Miller seguía trabajando, escribiendo y acumulando pruebas geológicas, y esto fue su perdición. Cada vez le era más difícil explicar los relatos bíblicos desde el punto de vista geológico. Es curioso ver la contradicción que existe entre sus primeras obras, donde afirma que la Tierra pudo ser creada en 6 días de 24 horas, y la última, Testimony of the Rocks (publicada póstumamente en 1868), donde admite que los días bíblicos podían representar millones de años.

Y fue mientras escribía la mencionada obra, cuando Miller comenzó a sufrir pesadillas, visiones y paranoias. Escribía aferrado a un cuchillo y una pistola, por miedo a que le atacaran. Comenzó a padecer terribles dolores de cabeza que le impedían escribir. Y fue empeorando hasta que el 23 de diciembre de 1856 se suicidó con su pistola.

Aunque los médicos de la época atribuyeron su locura a un exceso de fatiga cerebral, la opinión pública tenía su propia versión, y la atribuyó a la pretensión de Miller de querer reconciliar las pruebas geológicas que tenía con la Biblia.

Parecía demostrarse que la geología era realmente peligrosa y no era recomendable investigar al respecto. Nuevamente, la Iglesia advirtió de los peligros que el estudio de esta disciplina llevaba implícitos.

Y es que, como diría Périgord “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”. Aunque el caso de Miller es un tanto extremo, ya que acabó con su vida, es un claro ejemplo de lo absurdo que es pretender respaldar la Biblia (o cualquier otro libro religioso) con los descubrimientos científicos. A pesar de ello, Miller fue capaz de rectificar, como en el caso de la antigüedad de la Tierra… hace más de 150 años. Parece increíble que a estas alturas, con millones más de pruebas, aún haya quien pretenda justificar una Tierra joven o un diluvio universal. Miller tenía, al menos, una actitud crítica, científica, lo que le permitió rectificar (cualidad imprescindible en ciencia), cosa que veo improbable, por no decir imposible, en los fundamentalistas.

En cualquier caso, y aunque nos cueste más de un dolor de cabeza, creo firmemente que, con el tiempo, el creacionismo quedará relegado a una secta de unos pocos miles de personas, al igual que las sectas actuales defensoras de una Tierra plana o una Tierra hueca. Pero para ello habrá que seguir moviéndose.

Referencias:

Richard Milner. “Diccionario de la evolución” (1995). Págs.: 448-450.